Fragmento | Una mañana diferente
La noche anterior colgamos el teléfono. Durante dos horas quise hacerla comprender, pero ella lo impidió. Hacía tiempo que la escuchaba distante; sus besos ya no eran los mismos. Fue por eso que decidí quedarme con Julieta.
Esa mañana hizo más frío de lo normal. Era un amanecer de septiembre cuando Margarita me llamó al móvil para preguntarme si nos iríamos juntos a la universidad. Tomé el reloj del buró y miré la hora: cinco de la mañana. Me quedé en silencio. Al fondo, la gotera de la cocina provocaba un eco sordo. Podía escuchar la respiración lenta de Margarita al otro lado de la línea. Le dije que sí. Me pidió que no la dejara esperando, porque le daba miedo caminar sola por las calles de Aragón. Nos despedimos.
Me quedé pensando en ella, en sus ademanes mientras estábamos desnudos en la cama individual de mi cuarto. Teníamos que hacernos conchita para no caer al piso. Recordé que casi no la había disfrutado; hubo pocos momentos en los que nos miramos a los ojos. Comprendí mi lejanía de su mundo, de sus modales. En las sábanas aún quedaba su perfume, el aroma de su cuerpo agotado en cada rincón de la habitación. Ella era eso: olvido y silencio.
Nota: fragmento del cuento inconcluso 'Una mañana diferente'.
© 2010 Enrique Monroy